Historias vietnamitas, cuarto episodio.

Y nos fuimos de Son La a Dien Bien Phu. Lugar situado en un valle bellísimo donde los franceses en un titánico esfuerzo por defenderse del Vietcom construyeron un fuerte y allí los masacraron dando lugar a su retirada y a la entrada en la guerra de los EE.UU.

El Sr. Tung, es un hombre bajito, de edad avanzada y robusto (para ser vietnamita). No he visto a un solo obeso en mi viaje.
Micrófono en mano, comenzó a relatarnos con pasión cómo el y sus compañeros trasladaron las piezas de artillería por las montañas, con ruedas de bicicletas o simplemente arrastrándolas. Muriendo muchos de sus amigos reventados de puro agotamiento. Una vez, llegaron al valle, cavaron un tunel de 40 km, hasta situarse bajo el fuerte y situando una carga de dinamita tremenda. Volaron el fuerte y comenzaron a bombardear masivamente al resto del ejercito francés. En ese momento el Sr. Tung, completamente transportado en el tiempo, «se parte la camisa» al más puro estilo calé, mostrando todas sus cicatrices de los fragmentos de metralla. Empieza a explicarnos con pleno detalle y gran satisfacción personal como degollaba a los moribundos, dejando sus cuerpos sin enterrar (máxima ofensa según los esquemas vietnamitas) para alimentar a los buitres.
Cuando terminó su explicación:

¿Alguna pregunta?

Yo si que me hacía una: ¿Habrá llegado la transferencia por Western Unión que me había enviado Mónica para pagar el salario al Sr.Tung?

Como vio que todos atendíamos ese día a sus explicaciones, decidió regalarnos una visita muy especial. Nos llevó a los túneles y trampas que utilizaba el Vietcom y me utilizó como figurante americano/francés para mostrar tal o cual trampa o tortura. Me obligó, a meterme en todos los túneles, subirme a arboles y taludes no dudando echarme hojas, ramajes y tierra en lo alto para camuflarme en su clase de guerrilla particular. El colofón de la visita fue un lugar donde te permitían previo pago, disparar con un M16 o un AK47 a 1 dólar la bala y eso si el muñeco-blanco era un marine (no había otra opción).

Y llegamos al hotel y……. ¡era maravilloso! Alrededor de un lago de nenúfares, rodeado de jardines, nos alojábamos en pequeños chalets individuales con todas las comodidades. Resulta que antiguos combatientes y altas personalidades del partido comunista se alojaban allí para los actos conmemorativos y claro no habían reparado en gastos.

Al llegar al comedor, milagro. Mantel y servilletas de tela y cubiertos (no palillos). La mesa alargada y yo me senté en la presidencia de la misma, dispuesto a vivir el momentazo, pedí una cerveza. Cuando trajeron los distintos platos de arroces, carne, etc., pude entender cómo deben comer los monjes cartujos pues ni una voz se oía, después de tres días de ayuno, el raspar del tenedor contra el plato era la única sinfonía y de repente de la puerta de la cocina que estaba frente a mí, sale muy pausadamente una RATA que de grande que era me dijo o me pareció oir: buenas noches soy su rata personal.

Entonces alcé mis ojos al techo de escayola decorado con motivos chinos del comedor y exclamé como Isaías una oración: ¡Señor!, que no la vean. Pobreticas con lo felices que están comiendo. Y como San Francisco, otra plegaria: Hermana Rata, ignoro si eres parte de nuestra comida o una visitante ocasional ¿Te importaría volver a la despensa? Y me escuchó y para los postres mis viudas, ya se habían reconciliado conmigo porque lo que tenían era hambre y no malos sentimientos. Nos reímos mucho comentando las explicaciones del Sr. Tung e ilusionados esperábamos tomar al día siguiente nuestro avión a la civilización, a Hanoi donde yo tenía que encontrarme con el empleado del Sr. Wuan.


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