Historias vietnamitas, tercer episodio.

Si. Me equivoqué y de largo. Si bien los alojamientos en la selva eran muy sencillos, el grupo entendía donde estábamos. Por eso la perspectiva de llegar a una ciudad, por muy rural que fuera, unida a la dieta prolongada de mandarinas nos hacía soñar cual espejismo en el desierto con que nuestro hotel fuera un resort de lujo con buffet libre. Si baches hubo en la carretera, socavones tuvimos en las calles de Son La.

Cuando paramos, le pregunté dos veces al Sr. Tung si ese bloque destartalado de en frente era nuestro hotel. Resumiendo, carecía de ascensor y estábamos alojados en la mejor planta (la séptima), la puerta de la recepción olía a orines de perro y cuando comenzamos a subir por la escalera a nuestras habitaciones en las tres primeras plantas pudimos comprobar como los clientes locales se instalaban en unas habitaciones colectivas a fumar opio. Yo intentaba animar al personal pero mis viuditas tenían la mirada fuera de las órbitas y en algún momento pensé que serían capaces de sacarle zumo a sus bolsos, de tan fuerte que lo agarraban. Nadie se metió con nosotros, es un pueblo educado hasta cuando están de botellón.
Al llegar a la habitación, pude comprobar que la cama estaba limpia y el único «pero» que le pude sacar fue que el calentador eléctrico de la ducha estaba enchufado a la red a través de unos cables completamente «pelados». Me duché con extremo cuidado para que el chorro de agua no se desviara que no era cuestión de electrocutarse.

De camino a la cena, recibo un msn de mi hermana Mónica comunicando que nuestro tío Fred había fallecido.

Existen 50 tonalidades diferentes del color negro: negro antracita, negro alquitrán, negro asfalto y a partir de esa noche: negro cocina y comedor de hotel de Son La. Paredes y local más cutre, no he conocido ni conoceré. Volví a sacar la bolsa de mandarinas pero ni con esas se aplacó el hambre y el cansancio de mi grupo que estalló en abierta rebeldía.

Intentaba poner paz y calma explicando que solo nos quedaban 2 días más de selva y que en esos 15 días de viaje, disfrutaríamos de hoteles de 5 estrellas pero algunas estaban muy alteradas. Aunque no era necesario gritarme para avergonzarme, los silencios al fondo de la mesa mientras comían con pena su mandarina eran todavía más hirientes. Sin embargo, una de las frases que se dijo en voz baja, si me hizo daño: como el padre se ha muerto, esto ya no funciona…

Aguanté el tipo hasta que subieron a la habitación y volví a recordar a mi padre cuando me dijo: Un chino local ( Lee Tan Wuan), me está preparando un programa inédito por la Selva incluyendo Diem Viet Fu….bla, bla, bla.

Esto no cuadra, aquí pasa algo… Bajo a recepción y llamó por teléfono a Lee Tan Wuan.. un empleado al otro lado de la linea responde en inglés:

Toon: buenas noches, necesito hablar con el Sr. Wuan, soy el Sr. Espinosa

Empleado: Sr. Espinosa, el Sr. Wuan está en prisión por estafa. Y yo soy el único empleado que queda en la oficina. No me queda más dinero para atender a su grupo a la llegada a Hanoi.

Toon: ¿Está Vd. Hablando en serio?

Empleado: absolutamente.

Colgué el teléfono y como un zombie salí a la calle, bullicio, personas, perros, oscuridad, anduve un rato y al llegar a una esquina, me apoye en una pared y me deje caer al suelo y allí quedé durante bastante tiempo. La gente me esquivaba o pasaba saltando sobre mi, le importaba un carajo porque eso era la Conchinchina y yo extranjero.

Estuve bastante tiempo como ido, pero poco a poco como un ordenador que resetea fue poniendo en orden mis ideas. Lo primero que pensé fue llamar a casa pero no quería preocupar a Raquel. Así que regresé a la recepción y llamé a mi hermana Mónica y le expuse el problema. Decidimos reservar un hotel de 5 ***** para los dos días de Hanoi y así darme tiempo para hablar con la embajada y ver si lo que me había contado el empleado era cierto.

Después fui a ver al Sr. Tung y le expuse el problema de liquidez de la agencia local, prometiendo abonarle sus servicios personalmente tanto a el como al Sr. Ting. Lo tomó muy bien, y no tengo más que palabras de agradecimiento al apoyo que me brindo dentro de las limitaciones de su cultura. Y después me dirigí a mi habitación. Cuando iba a entrar, siento que me llaman y me vuelvo.

Era Carmen, una anciana de ojos dulces, piel muy arrugada que había viajado mucho conmigo pero nunca hablaba más que para saludar por la mañana. Se acercó a mí y me dijo:

Hijo, un hombre no se puede venir abajo por tan poca cosa. Si no eres capaz de superar esto, mejor dedícate a otra cosa.

Fue entonces y solo entonces cuando vi realmente sus ojos. Ojos de alguien que ha pasado mucho en la vida, alguien cuya aparente fragilidad encierra una vida de batallas, de pérdidas pero que no ha dejado de VIVIR.

Volvieron los ojos dulces, me dio las buenas noches (eran las 4 am, me había estado esperando todo ese tiempo…)

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