El Péndulo

Lento, lentísimo era el pedaleo que imprimía a mi bicicleta azul subiendo la cuesta de mi casa aquel verano del 77. Recuerdo nítidamente la composición del pavimento echando humo. Venía yo de la tienda del barrio. Colgaba del manillar una bolsa de plástico blanca que rozaba mi rodilla a cada quiebro que daba para facilitarme la escalada. Los gorriones ni se atrevían a piar con el terral de las cuatro de la tarde. Bajo la bici por las escaleras de la entrada y busco a mi madre. Está embarazada de nueve meses, sentada en un sillón reclinable (orejero) que había comprado mi padre para hacerle la espera más cómoda, de la bolsa de plástico saco varios paquetes de Kikos.

Mama, ya no te los compro más, el médico te ha dicho que no debes tomar más sal.

¡Que bueno eres hijo! Anda toma tu dos paquetes.

Mirándola con complicidad le digo chantajista a la vez que apoyo mi cabeza en su barriga para sentir a mi hermano Javi moverse.

¿Qué vas a hacer? Me dice acariciando mis rizos rubios.

A las cinco he quedado con José Luis el Melenas, Kiko y David para ver juntos en su tele a color «Sandokan»

Suena el timbre y me despego perezoso para abrir la puerta. «Mama», es Antonio el lechero.

Pasa Antonio, pasa.

Antonio era una autoridad en cuanto a yogures Danone y pájaros, me gustaba hablar con el. Hoy, además de los yogures y la leche Puleva, nos ha traído una maquina para hacer nuestros propios «Polos de hielo» ensimismado atiendo sus explicaciones y me madre me dice: Toon, ¿No querías preguntar algo a Antonio?

Si, Antonio mi canaria ha puesto esta vez seis huevos..

¿La pusiste en un lugar tranquilo?

Si y solo la visito una vez al día.

Bueno vamos a ver, ¿Hace cuanto tiempo puso el último?

Una semana.

Las canarias siempre ponen pares, vamos a echar un vistazo.

Se dirige a la jaula y tomando el nido, mira los huevos al trasluz con la ayuda de una bombilla.

Yo, a su lado, conteniendo la respiración le escucho decir: si, esta vez los huevos están pisados y dentro de dos semanas si todo va bien saldrán los polluelos.

Vuelve a colocar el nido y me llevo cuidadosamente a la jaula a su rincón.

Se va el bueno de Antonio el lechero y le digo a mi madre: ¡me voy a casa de David!

2012,

Hoy he visto otras lecheras, estaba alojado en la calle Atocha de Madrid y a las siete de la mañana, he tomado un taxi para encontrarme con mi grupo en Barajas. Al pasar cerca del congreso, he visto como las lecheras (furgonetas de los anti-disturbios) de la Policía Nacional minaban las calles desde anoche. Automáticamente mi mente ha volado a la infancia ¿Instinto de protección? Mi padre rara vez me habló de su infancia, se ponía triste. Una vez durante nuestros paseos me contó que en casa de su abuelo Pepe, de vez en cuando le daban un bocadillo de jamón. Un día salió a la calle con el y se lo quitó un hombre. Sin embargo, su generación consiguió proporcionarnos una infancia maravillosa, en mi pequeño relato seguro que os veis reflejados la mayoría de los cuarentones actuales. No faltaba ni sobraba nada. Había equilibrio.

Llegó nuestra adolescencia y se empezó a torcer la cosa. Sobraba más y faltaba equilibrio para compensar quizás las carencias de la generación paterna. Hoy mis hijos, están en el extremo opuesto del péndulo. Y cuando el péndulo se encuentra en ese punto, su velocidad es igual a cero pero su potencial es máximo antes de arrancar su camino al lado opuesto….como el vagón de una montaña rusa que corona la cima….. y hoy las lecheras policiales me han llevado a la seguridad de mi infancia……..cuando la visita de Antonio el Lechero me hacía feliz…. a mi lentísimo pedaleo subiendo la cuesta de mi casa y a la seguridad del Amor de una madre.